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wemento
Pardo
Spain
Recuerdo perfectamente cada detalle de aquel día.

El cielo comenzaba a enturbiar. Nadie en la playa. El aire era fresco y se respiraba puro. Ella y yo, tan pequeños, ambos con una camiseta blanca que ondeaba con la suave brisa. Nos encontramos allí por primera vez, en aquel paraíso. Me invitó a jugar.

Durante el tiempo que duró aquel atardecer fuimos aventureros, explorando cada rincón de aquella playa. Me reí como no me había reído nunca y sentí aquel cosquilleo que se siente una única vez en la vida. Al acabar el día, sentados frente a la infinidad del océano, hablamos bajo susurros. Un momento mágico, envuelto por la inocencia típica en los niños que éramos. Su voz, dulce como la miel, se quedó grabada a fuego en mi cabeza. Todo fue como un sueño. Hasta que su madre la llamó para que volviera con ella.

«Me tengo que ir», me dijo. Su mirada reflejaba una gran tristeza. Eso me hizo comprender que ambos habíamos compartido aquel cosquilleo, que yo no había sido el único.
La miré, seguramente con una mueca similar. Ella volvió la cabeza y atisbó a su madre a lo lejos. Sabía que no disponía de mucho tiempo, pues su madre era una mujer poco comprensiva y yo me encontraba de paso por aquel lugar. Al día siguiente ella no volvería a encontrarme allí.

Volvió a mirarme. Sus preciosos ojos negros se me clavaron en lo más profundo de mi ser. Volqué toda mi atención sobre sus labios, pues algo importante estaban a punto de decir.

«Prométeme que volveremos a vernos aquí», espetó. Mi rostro se tornó preocupado. Preocupado y confuso. Ella, que sabía que era mi último día allí porque se acababan mis vacaciones, escuchó y comprendió mi silencio. «Prométeme que dentro de veinte años volveremos a vernos en este lugar» y acercó su cara a la mía, buscando una respuesta más de cerca. No quería perderse detalle de lo que le respondiera.

«Volveré», le dije. Y ella sonrió mientras se levantaba. Permaneció unos segundos de pie, observándome desde arriba. Ese momento fue eterno. Aquel rostro de preocupación se había transformado en alivio y esperanza. Aún conservaba unos ojos vidriosos por las lágrimas que ahora parecían de felicidad. Lágrimas que no llegaron a caer de sus ojos, haciendo que éstos fueran aún más brillantes si cabía. Tras brindarme ese momento tan dulce, salió corriendo en dirección a su madre. Pude ver como su pequeña figura se desvanecía en el horizonte, braceando mientras corría, con aquella camiseta blanca alterada por el movimiento.

Aquella fue la última vez que la vi.

Hace una semana me levanté de mi cama, acalorado y con las sábanas pegadas. Era tarde. La noche anterior había estado despierto hasta altas horas de la madrugada tratando de memorizar un examen de historia.
Cuando llegué a la cocina, allí estaba mi madre, tan jovial como siempre, preparando su clásico puchero de garbanzos, el cual removía con su cucharón de madera. A ratos se llevaba un sorbo a la boca, según ella para probarlo, aunque todos sabíamos que le entraba un hambre voraz al cocinar y lo calmaba discretamente "probando" las cosas. A su lado, la televisión pequeña de la cocina emitía su concurso favorito. Le gustaba responder a las preguntas que planteaba el presentador mientras elaboraba sus platos. Me senté en la silla de la cocina y sobre el mantel de cuadros, me preparé una rebanada de pan con aceite. No era gran cosa, pero ya era prácticamente la hora de comer y no debía saturarme mucho el estómago.

De repente, los informativos nacionales interrumpieron la emisión para dar una noticia de emergencia. «Será alguna guerra más en algún sitio», pensé, y seguramente mi madre también. Pero para nuestra sorpresa, esta vez la noticia nos involucraba de verdad. Se trataba de un cometa descarriado que había sido atraído por la fuerza gravitatoria del planeta Tierra y que se dirigía nada más y nada menos que a nuestro país. El comunicado, pese a ser escalofriante, ofrecía un mensaje tranquilizador. El gobierno había puesto en marcha un plan de construcción urgente de refugios nucleares, para así poder acoger a todas las familias que vivían en las centenas de kilómetros a la redonda en torno al lugar del impacto. La magnitud de la explosión era considerable. La totalidad del país iba a ser devastado. Toda la población podría salvarse, aunque una vez saliéramos todos de aquellos búnqueres, nos encontraríamos con un puñado de ruinas donde antes estaban nuestros barrios, donde estaban nuestros hogares.

Mi madre, impactada, se sentó a mi lado. Ambos tardamos unos segundos antes de poder asimilar la noticia. El miedo nos invadió.

Hoy, una semana después, a pocas horas de comenzar el plan de evacuación, comencé a desarmar mi habitación. Lo fui sacando todo en bolsas y mochilas hasta dejar mi pieza completamente pelada. Cuando me disponía a guardar el calendario, una sensación extraña me envolvió.

La fecha de hoy me sonaba de algo, pero por culpa de la prisa y el miedo por aquel plan de evacuación no podía lograr averiguar de qué. Una vez conseguí calmarme lo recordé todo.

Cruel ironía de la vida, este es el día en el que, veinte años antes, juré a una niña de mirada profunda que volveríamos a vernos en aquella playa. La playa de mis sueños.

Por un momento pensé: «Qué absurdo, han pasado veinte años. La chica no se acordará de la promesa. Y si se acuerda, también pensará que es una sandez. Hay cosas mejores que hacer, como salvar la vida». Pero de repente recordé aquel cosquilleo. En veinte años había vivido de todo, pero nunca una sensación como esa. Pude recordarlo perfectamente, e incluso diría que volví a sentirlo cuando pensaba en ello, aunque no estoy seguro.

El choque entre ambas corrientes emocionales me tumbó en la cama. Necesitaba reflexionar. Por un lado, estaba aquella tarde inolvidable que había revivido día sí y día también en mis sueños. Por otro lado, mi propia vida. Había mucho en juego y me parecía muy necio morir en una playa por una promesa que hice a una niña pequeña. No sabía con certeza si ella había soñado igualmente con aquellos momentos, si para ella significó tanto.

Finalmente, mi corazón comenzó a latir como loco. Aquellos bombeos me indicaban que estaba a punto de hacer algo importante. Y así era. Sin darme cuenta me levanté de la cama y me fui, todo lanzado, dispuesto a volver a aquel lugar con aquella chica. A cumplir mi promesa.

«Déjame las llaves del coche de mamá», le dije a mi padre. Ellos estaban cargando las cosas en el otro coche, un monovolumen espacioso, lo suficiente como para llevar la mayoría de los trastos de nuestra humilde morada. «¿A dónde vas ahora?», me dijeron con un enorme sobresalto. Una reacción comprensible, no era el mejor momento para irse por otro lado. Los tranquilicé mientras cogía las llaves. «Estaré bien, no voy a quedarme fuera», les dije, mintiéndoles. Empezaba a llorar. Este momento sabía a despedida, así que abracé a ambos para ocultar mis lágrimas. No debían verme llorar. «Tened cuidado, por favor», pedí. Traté que mi voz sonara lo menos temblorosa posible. En cuanto vi la ocasión los solté y salí corriendo por la puerta. Me hubiera gustado estar más tiempo con ellos, pues sabía que iba a ser la última vez que los veía, pero por lo movido de la situación y por conservar la firmeza de mi decisión, me fui raudo. Arranqué aquel viejo motor diesel y me lancé a la carretera, directo a la playa de mis sueños, la que iba a verme morir.

El viaje fue rápido. Todo el camino lo recorrí sin a penas pensar, como si de un robot al volante se tratase. Me encontraba drogado por todo el coraje que había en mi corazón. Iba muy decidido, pensando que hacía lo correcto. Pensando en ella.

Aparqué a escasos metros de la playa. No había nadie. Aún parecía más desierto que veinte años antes. El cielo esta vez estaba roto, ennegrecido por los amenazadores nubarrones. El aire era similar al de aquella vez, aunque más frío. Se respiraba una desgracia inminente. Nadie en las proximidades de la playa. Un paisaje fantasma.

Corrí hacia la orilla con la esperanza de tener un mejor punto de vista de toda la playa, pero una vez allí no veía nada. El agua gélida apenas había recibido un rayo de sol en todo el día y golpeaba mis pies. Pero aún así, yo no notaba el frío. Mi prioridad era encontrarla a ella.

Miré a todos lados. Tras no ver a nadie eché a correr. Recorrí toda la playa de arriba a abajo, sin escatimar en el cansancio. Pero no había nadie.

Me dejé caer de rodillas en la arena. El mundo se me vino encima. No había ningún refugio cerca para arrepentirse y quedaban escasos minutos para el impacto. Había sacrificado mi vida en vano, por una niña que ni siquiera me recordaba. Lloré como un niño, con todo el miedo a morir que no había tenido hasta ahora. Mi visión de la realidad había vuelto de repente, en el momento justo para acompañar a mi corazón roto.

Pero de pronto, surgió un milagro.

Alcé la vista al horizonte y vi una figura corriendo hacia mí. Era ella. Había cambiado mucho desde entonces, pero apenas tardé un segundo en reconocerla. Venía directa hacia mí, y me hizo olvidar de nuevo la muerte.

Me levanté y avancé. Cuando finalmente llegamos a encontrarnos, uno en frente del otro, disminuimos la marcha. Dimos pasos cortos hasta que finalmente nos fundimos en un abrazo. Yo seguía llorando. Ella volvía a tener los ojos vidriosos, sin derramar ni una lágrima.

Aquel abrazo bien valía una vida. Por mi cabeza pasaron todo y cada uno de los recuerdos de aquella mágica tarde. Entonces nos separamos para volver a mirarnos a los ojos.

«Sabía que volverías», me dijo. Y su sonrisa, tan enorme, me hizo revivir el cosquilleo. Sentí que estaba donde debía estar. Ese era el momento y el lugar.

Sin mediar palabra miré sus labios. Ella hizo lo mismo. Sabíamos, de nuevo, que no había mucho tiempo. Nos acercamos lentamente el uno al otro. El mundo a nuestro alrededor se acababa, pero no nos importaba. Y nos fundimos en un beso.

Seguí besándola lo que pareció una eternidad. Todo se acababa, pero merecía la pena. No me arrepentiría, por muchos años que pasaran, por haber elegido tal final.

Yo era feliz. Ambos habíamos cumplido la promesa. Ella también era feliz.

Finalmente, la apreté contra mi pecho sin abandonar sus labios y pasé los últimos segundos de mi vida junto a la mujer de mis sueños.

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:iconpickedpockets:
PickedPockets Featured By Owner Jun 17, 2017  Professional General Artist
:iconpikapikaplz::iconthanksplz:
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:iconwemento:
wemento Featured By Owner Jun 18, 2017
You deleted my comment? :'(
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:iconpickedpockets:
PickedPockets Featured By Owner Jun 18, 2017  Professional General Artist
Not that I'm aware of? I don't usually delete any comments. 
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:iconwemento:
wemento Featured By Owner Jun 21, 2017
you kicked my soul :(
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(1 Reply)
:iconbcfoster20:
Bcfoster20 Featured By Owner Jun 11, 2017  Student Photographer
Hey birthday lady how your special day hehe are you having fun
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:iconwemento:
wemento Featured By Owner Jun 17, 2017
I'm not a girl, and it's not my birthday haha
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:iconbcfoster20:
Bcfoster20 Featured By Owner Jun 17, 2017  Student Photographer
Oops sorry I had no idea is man or woman sorry 😓
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:iconoscar-t:
oscAR-T Featured By Owner Jan 31, 2016  Hobbyist General Artist
thanks for the favourite :) nice work btw!
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:iconwemento:
wemento Featured By Owner Jan 31, 2016
also yours! brilliant! you're welcome ;-)
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:iconroxas-n-knux-luver:
roxas-n-knux-luver Featured By Owner Nov 27, 2014  Student General Artist
Happy birthday!
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