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Mision en el planeta Yugot (cap 2.3)

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Capítulo dos.- Tercera parte

El regalo

Pasados algunos minutos, London se encuentra envuelto en una interesante conversación con algunos padres en el lugar, en medio de todo teniendo que explicar que no está seguro aún de quién es su aprendiz; sin embargo, inesperadamente siente la energía del chico en el radio del hogar y se pone de pie para observarlo mejor; al mismo tiempo se oye un estrépito y la voz de Emerik reclamando un fraude. Tras el sonido de unas plantas, y la puerta del jardín abriéndose como torpedo ingresa un joven rubio por la ventana. Como consecuencia cae sobre el sillón y pasa a llevar a una de sus tías en su intento por avanzar rápido y ponerse en pie antes de que su hermano cruce el umbral de la casa.
Pasando entre la gente, ambos corren hacia Michelle, que ya los regaña por golpear a los invitados en el recorrido. Por su parte, London observa con atención cómo Emerik intenta esquivar a los adultos, mientras su futuro aprendiz corre de rodillas por el piso para pasar entre sus tíos y vecinos y, sin querer detenerse o parar, se desliza de guata bajo la silla que él ocupa para llegar hasta su madre gritando que ha sido el vencedor, al abrazarse de los pies de ella.
–¡Dennis Grant! ¿Qué es eso de entrar por la ventana y hacer de trapero? –exclama la mujer levantando al chico que sonríe orgulloso, mientras ella sacude sus prendas llenas de tierra y polvo.
“Comienzo a entender a qué se refiere la señora”, piensa London luego de lo observado, con una discreta sonrisa; y es que la idea de tener un alumno tan activo no le es desagradable, al contrario... lo único que le preocupa es que se rebele a la idea de ser guardián como pasa con algunos niños en sus inicios.
–No es justo, te saltaste la baranda –reclama Emerik molesto, a su hermano.
–No pusiste reglas para el camino, así todo vale –dice con sorna, antes de que la mujer detenga la discusión y pida a Emerik que llame a todos para servir la merienda.
–Me voy a lavar las manos –dice Dennis con calma, observando sus dedos inmundos, consiguiendo que la mujer haga una mueca de incomodidad, mueca que London interpreta como el desagrado que le da que alguien de palacio vea así al chico.
–¿Qué hice ahora? –pregunta al notar que Michelle detiene su partida cogiéndole del brazo y lo acerca a un hombre totalmente desconocido.
–No has saludado al caballero, Dennis, preséntate, hijo –indica ella, logrando que él mire al hombre en que resalta una lila mirada de ojos caídos y su piel trigueña. Par de ojos que combina muy bien con su cabellera morada, que se oscurece por los naturales visos negros que hay en ella.
–Pero si ya le has dicho mi nombre –reclama, y al notar la mirada de reproche en la mujer suelta un “hola” inseguro.
–Hola, Dennis, ¿cómo estás? –saluda London, divertido.
–¿Me dará algo? –pregunta de inmediato, en tanto es regañado nuevamente.
–Dennis, él es el señor London Roux y quiere conocerte un poco –explica ella, ordenando un poco la lisa y clara cabellera de su hijo–. ¿Por qué no le muestras tu cuarto? –invita guiando al hombre y empujando al niño que no deja de preguntar si lo van a castigar por algo; pues siempre que quieren hablarle a solas es porque algo se ha roto, según él.
–Solo será una amigable conversación –explica el hombre, fijando su mirada en el niño.
–¿Ya cambió de opinión? –susurra Michelle antes de que el guardián ingrese al cuarto, quien, sin dejar de mostrar su alegría, niega, dando a entender que Dennis es a quien busca.
El cuarto del pequeño resulta ser una sorpresa total: la cama hecha, una cómoda con una colección de juguetes de acción sobre ella, un ropero cerrado y una alfombra azul al centro de la pieza. Colgando del techo, algunos medios de transportes aéreos y distintos adornos planetarios se lucen bailando con la brisa. En las paredes hay fotos de animales salvajes y un póster de Nawar con los elementales; realmente esperaba ver algo más parecido a una explosión volcánica. Con asombro se reconoce en una fotografía que el chico tiene enmarcada sobre su cómoda, en la cual aparece como Guardián Noche junto a sus compañeros Salvattore y Vladimir.
–¿Es un tío lejano? –pregunta Dennis, al tiempo que abre su ropero con tranquilidad, siendo sorprendido por la montaña de juguetes que su madre ha escondido allí y que le llegan de sopetón, haciéndole caer.
–¡Eh! ¿Estás bien?... ¿Estás vivo? –pregunta pasando de la preocupación a la risa, al ver al niño soltar una carcajada antes de coger varias espadas de juguete de las que cayeron al piso.
–¿Entonces es o no mi tío?
–No, ¿por qué piensas eso?
–No lo sé.
–¿Te parezco familiar? –inquiere, suponiendo que habiéndole visto todos los días en su propio cuarto, sería sorprendente que no le reconozca para nada.
–Parece. ¿Sabe que se llama como uno de los guerreros? –comenta ofreciéndole las espadas para que elija una, escogiendo él una al mismo tiempo para pronto ingresar de nuevo a su armario.
–Sí, de hecho quería hablarte sobre los guerreros... –responde él, cogiendo una antes de pedirle que se siente un momento.
–¿O prefiere una de estas? –pregunta inocente, tomando unas flechas con un brazo y arrastrando una mochila que se escondía al fondo del ropero; el cual abierto, deja ver dagas de juguete y otras armas, algunas representativas de las que posee la Guardia Real.
–Después, ahora siéntate un instante –indica, a lo que el chico deja todo en el piso y corre a sentarse como si fuera a ser condenado.
–Dijo que no iba a regañarme…
–Y no pienso hacerlo –aclara esbozando una sonrisa–. Vine por la perla que le has dado a tu hermana menor.
–¿Hice mal? Estaba en una ostra en el arrecife. No era de nadie –se defiende confundido, enfocando su verde mirada en el hombre.
–Lo sé, pero debemos pedírsela…
–Se la di a Estela y un regalo no se quita –explica con el ceño fruncido, interrumpiendo al hombre.
–Dennis, esa no es una perla cualquiera, esa perla te convierte en un futuro Guardia Real. ¿Entiendes lo que significa eso? –pregunta y Dennis guarda silencio unos minutos antes de reaccionar y abrir sus ojos de par en par, observándolo con su pequeña boca abierta de la impresión.
–¡Es uno de los guardianes! –exclama poniéndose de pie, emocionado, antes de tomar la fotografía de su cuarto para ver cuál de todos es–. ¡Noche! ¡Es Noche! –grita, opacando la respuesta que el mismo adulto le da–. Quiero su firma –dictamina con seriedad, estirando el marco con la fotografía hacia él.
Entre risas, London accede antes de pedir al niño un poco de calma, con la intención de cerciorarse de que ha entendido lo esencial de la explicación, y no se sorprende al escuchar que el chico pregunta entusiasmado, quién será el siguiente aprendiz de guerrero.
–Tú encontraste esa perla, Dennis, por lo tanto, tú eres mi aprendiz.
–¿Yo? ¿Es en serio? –pregunta con tal sorpresa que en su rostro esa es la única emoción visible, y al recibir la afirmación del hombre no evita soltar un gritito de júbilo antes de correr fuera del cuarto, dejando a London con su próxima explicación en la boca, y observando resignado el escenario presente en el otro cuarto a través del umbral–. ¡Seré aprendiz del guardián Noche! ¡Seré un guerrero! –exclama Dennis, feliz, lanzándose a los brazos de su madre y haciendo que esta deje caer la taza que tenía en sus manos.
Tras aquel sorpresivo anuncio, todas las visitas comienzan a felicitar a la familia con aplausos y apretones de mano, en especial al niño que no deja de sonreír mientras comenta, pregunta y confirma sobre las cosas que sabe o quiere saber sobre ser un guerrero; claro que no tarda en notar que debería consultarlas al que será su mentor y, subiéndose en una silla lo jala del brazo para llamar su atención y conseguir que deje de hablar con su padre.
–Dennis, no debes interrumpir una conversación –dice el hombre con el ceño fruncido, pero al llamarlo alguien para saludarlo, se disculpa dejando a Dennis con su nuevo mentor.
–¿Cuándo aprenderé a matar demonios? ¿Podré usar la espada? ¿Podré ver a la reina? ¿Cuándo aparecerá el último aprendiz? ¿Veré el palacio? ¿Es muy grande? –comienza a preguntar el chico con sus verdes ojos brillando de entusiasmo.
–Punto uno, aprenderás a matarlos en unos años más, el entrenamiento no es del todo sencillo; sí, podrás… –se interrumpe London, sin evitar una sonrisa al ver que el chico manda la explicación al olvido de forma llana, al voltear y bajar de un salto para atender a su hermana que lo jala de su pantalón.
–No me mires así, no iré a ningún lado –dice luego de que la chica murmurara algo a su oído con mirada preocupada–. Además, sin ti no puedo ser aprendiz –agrega, consiguiendo sacar una sonrisa sorprendida de ella.
–¿Por qué? –pregunta Estela, que a pesar de su inocencia pone en duda las palabras de su hermano.
–Ven conmigo y te lo digo, es un secreto –sonríe guiñando un ojo a la chica, antes de correr con ella fuera de la casa.
En realidad, aún no está seguro de qué le dirá, pero quitarle el regalo que con tanto amor le ha dado no es una tarea fácil, ya que debe hacerlo de la forma correcta para que su hermanita no se sienta mal por ello.
Luego de correr hasta uno de los árboles grandes que se encuentra junto a la casa, detiene sus pasos y se sienta sobre la raíz de uno junto a Estela, quien lo mira esperando una explicación.
–Necesito que me regales la perla dorada –dice con una amable seriedad mirando a la niña.
–Pero me la regalaste hoy…
–Lo sé, pero London dice que es la perla que me hará guardián… –explica con calma, antes de dar un suspiro y agregar–: Estela… si no me la das, no podré hacerme guerrero… ¿me la das? –pide, enfocando su verde mirada en ella, rogando con sus ojos que le entienda.
–¿Te irás de casa para siempre? –pregunta, sujetando con aprensión la cartera amarilla que cuelga de su hombro y, sonriendo ante aquella pregunta.
Dennis la abraza con fuerza, besando su mejilla antes de responder.
–Solamente si vienes conmigo. ¿Me la darás? Yo buscaré otras para compensártela –le indica y tras estas palabras la niña asiente y voltea la cartera para buscar la perla que el chico necesita.
Una vez que la recoge, Dennis ayuda a su hermana a guardar el resto de objetos en su bolso y, con todo en la cartera, ingresan de nuevo a casa tomados de la mano y felices, listos para servirse pastel y golosinas como el resto de los pequeños que ya están sentados a la mesa, esperando tan solo a los festejados.
Antes de que el sol frío aparezca anunciando el fin de la fiesta, el grupo de niños se dispone a comer y conversar, para ceder el puesto a los adultos que se sirven la merienda una vez que ellos han vaciado la mesa y así jugar hasta que deban ir a dormir.
Claramente, este no es el día en que Dennis verá el palacio, ya que a London le resulta más que obvio que no sería justificable arruinar su cumpleaños obligándole a dejar la fiesta, por lo que, tras fijar una fecha con los padres del niño, toma rumbo de regreso al carruaje para marcharse del pueblo, planeando los pasos más convenientes a seguir en el entrenamiento del niño, considerando la gran energía de este y su claro gusto por la batalla (algo que debe tomar en cuenta, pues la idea es educarlo para ser un Guardia Real y no una máquina de matar demonios).
Luego de que pasase todo un fin de semana, recién Dennis podrá ver de nuevo a su mentor. Con la sensación de que aquellos días fueron eternos, se levanta tan eufórico y vivaz como su hermana; esta última está alegre pues podrá ir con el niño en su primer día en palacio. No solo porque su padre debe trabajar y no puede cuidarla, sino también porque su hermano quiere que esté presente. Asimismo, días atrás, Darma se ofreció para acompañarlos junto con Daniel; es bueno que los niños se conozcan mejor, y las cuatro horas que dura el viaje son una perfecta oportunidad. Así es que, ambas madres se reúnen en el centro de Anafiel para ir hasta “Ciudad Capital”. Un viaje que los niños comienzan sin parar de hablar, ya que Den no deja de pedir a su compañero que le cuente sobre su entrenamiento como aprendiz del guardián Aire. Una situación que dura a lo mucho una hora, pues pronto ambos niños se dedican a mirar el paisaje.
Luego de un buen rato de silencio, Daniel saca una revista educativa para leer y admirar. Por su parte Dennis comienza a observar por la ventana, entretenerse con su hermana y desesperar, sin intención, a Darma, quien no está a acostumbrada a relacionarse con niños tan inquietos. Dos horas tardaron en llegar al pueblo Elvesana, donde hacen una pausa para comer en un humilde local antes de continuar el trayecto.
Cuando están de vuelta en el vehículo y a pocos minutos de haber retomado el viaje, Estela ya duerme plácidamente en los brazos de su madre y Daniel, igual de dormido se encuentra con su cabeza apoyada en el respaldo del asiento. Dennis, por el contrario, mira por la ventanilla con un puchero en los labios, sin saber qué hacer. De reojo observa a Darma que tiene su concentración puesta en una novela. Todos están en absoluto silencio, solo se escuchan los cascos de los tageyas al pisar el camino de tierra. Los tageya son cuadrúpedos visualmente esbeltos, con piernas y pezuñas robustas y firmes, su pelaje moteado deja de ser corto en la crin, y sus colores diferencian a machos de hembras; los primeros verde limón con amarillo y las segundas, celestes con blanco. Estos seres omnívoros miden dos metros de alto, en su frente sobresalen dos astas de poco tamaño, bajo ellas dos ojos negros y profundos, un fino hocico en que resaltan cuatro caninos blancos de pequeño tamaño y sobre estos su nariz, en la cual poseen un cuerno que les ayuda a defenderse de cualquier enemigo.
–Mamá, ¿puedo ir adelante?
–No hijo, quédate aquí, no vayas a molestar al conductor.
–¡Prometo no molestarlo, en serio!
–No hables tan alto que vas a despertar a Estela y Daniel.
–Le preguntaré al conductor –dice, girando para abrir la ventanilla que hay en su respaldo y dejar ver el camino y asiento del mencionado–. ¡Señor, señor! ¿Puedo ir delante, con usted? –insiste, logrando que su madre dé un suspiro de resignación ante las palabras afirmativas del hombre.

Pasadas las horas…
Mostrando su adrenalina al ver la tremenda reja de entrada y el gran palacio, Dennis despierta tanto a su hermanita como a Daniel, dando aviso de que han llegado y que ya comienzan a cruzar los jardines. Y cuando ve el rostro alargado de su mentor aparecer por las amplias puertas de la blanca edificación, baja del carruaje de un salto para correr a su encuentro –claramente sin esperar que este se detenga– y, haciendo caso omiso a su madre que lo reta por aquel descuido, se lanza a los brazos del hombre, como forma exagerada de saludo. En un gran contraste, Daniel baja con cuidado, restregándose los ojos antes de enderezarse y saludar a London y luego a su mentor, que llega a paso lento a la entrada. En tanto los adultos se saludan, Dennis no tarda en pedir a Salvattore su autógrafo; claramente para lucirlo en clases, como si él mismo no pudiera lucirse por ser quién es. Y aprovechando que los adultos conversan entre ellos los pormenores de lo que hay que llevar a cabo aquel día, Dennis dirige a Estela de la mano a los jardines para observar mejor la construcción del palacio de la reina. Majestuosa, como ella sola, resulta ser impresionante, aunque desde su posición solo puede ver tres de las cinco torres vigías ubicadas en las esquinas de la edificación que, según sabe, desde lo alto posee la forma de una luminaria: aquellos astros que brillan desde el infinito y nosotros conocemos como estrellas. También ven la atalaya, donde se encuentra el mirador Sacrosanto, que por su construcción con la forma de un botón abriéndose, maravilla los ojos de Estela.
–¡Es hermoso! ¿Podemos ir? –pregunta emocionada con su propia idea.
–Supongo, ellos están hablando –sonríe él, viendo que los adultos también pasean por los jardines, a diferencia de Daniel que sentado en una banca, cerca de ellos, se encuentra leyendo.
Los pequeños, como dueños de casa, avanzan sin reparo hasta la torre vigía más cercana, que en su primer piso posee la gran puerta principal; esta, de madera tallada y con tonos claros de castaño, poco luce al estar abierta. Subiendo al trote la escalinata con barandillas doradas, cruzan la entrada para encontrarse en un cuarto de medialuna con los guardias cuales estatuas de pie a cada costado del pequeño cuarto, quienes se intercalan en posición con las armaduras que adornan el lugar. Ignorándolos, tanto como a la ornamentación de la habitación, llegan a un recibidor tan blanco que parece bellamente nevado, con sillones tapizados y mesitas con arreglos pequeños de flores, todo lo cual completa en estructura la medialuna del cuarto anterior, pero es el techo el que logra atraer la vista de los hermanos, que pintado con tonos naranjas evoca el cielo.
Observando que hay dos puertas, escogen la más cercana y llegan a un largo pasillo con ventanales que dan al jardín por un lado –donde antes estuvieron–, mientras que en el otro hay puertas cerradas de madera fina. Escogiendo al azar una de ellas, llegan a un amplio recinto formado con piedras de un color malva, del cual les consta su suavidad cuando pasan sus pequeños dedos por el muro. Así también encuentran algunos tocadores con adornos, en cuyos espejos se refleja la gran mesa de comedor en su centro.
–¡Qué sillones más extraños! –exclama Estela desde un costado de la mesa al otro, donde su hermano ya se sube a un asiento.
–Deben ser muy caros… tienen dibujos en ellos –comenta él, acariciando el brazo plateado del asiento donde se ha ubicado.
–Déjame ver, yo quiero también ver –pide ella y, levantando el fino mantel crema, pasa por debajo de la mesa gateando hasta dar con el chico, que no tarda en tomarla en brazos para que observe el hermoso tallado–. ¡Mira cuántas puertas! –exclama viendo que además de la de entrada hay cuatro puertas laterales delgadas, por donde ingresan y salen los sirvientes.
–¿Veamos a dónde llevan? –pregunta Dennis bajando a la chica y caminando con ella de la mano hacia una de las puertas, percatándose al cruzar el umbral que todas dan al mismo lugar. El salón contiguo es impresionante, y de puro verlo se les quita cualquier vestigio de hambre: una estancia mayor a lo que jamás habían visto, llena de mesones con fuentes y alimentos, carritos donde se colocan los platos de comida y una esquina donde se encuentran varias cocinas y hornos. En el mismo lugar hay dos mujeres junto a unas grandes ollas.
–¿Y estos pequeños? –pregunta una de ellas al escuchar las exhalaciones de sorpresa.
–Somos Dennis y Estela Grant –se presenta el chico con una sonrisa y porte de gran caballero.
–Hola, Dennis y Estela –saluda la otra mujer, que al igual que su compañera lleva una pañoleta que cubre su cabello y un delantal que cubre sus ropas; ambos de color celeste.
–Estamos recorriendo el palacio, ¿no hay una sala de juegos en algún lado? –interroga Dennis con suave voz y pronunciación perfecta.
–No, no la hay, aunque seguro podrían usar un cuarto para ello –ríe la mujer más adulta, fijando sus blancos ojos en ambos niños–. Pero hay un salón de melodía, y siempre les ha gustado a los chicos, podrían buscarlo.
–¿Y dónde está? –indaga Estela con emoción.
Les indican subir al tercer piso, donde podrían hallar el magnífico cuarto. Para ello cruzan otra puerta, la cual los dirige a un segundo comedor, más pequeño que el anterior. Sin embargo, siguiendo las indicaciones no se detienen a observar, sino que corren animados y lo cruzan para llegar a un pasillo largo que da a la amplia escalera indicada.
Como en todo palacio, la escalera es muy larga y llena de escalones, mas los niños son niños y como tales buscan la manera de hacer las cosas de forma animada y dinámica; es por ello que una vez que van a mitad de la primera escalera, Dennis comienza a pisar solo los escalones, según él, impares, imitado por la chiquita que claramente no es capaz de saltar más que uno a uno.
–Y… treinta y cuatro –cuenta Estela, saltando.
–No, veintiuno, Estela, veintiuno y ahora…
–Veintiséis.
–Veintidos –corrige él, con una sonrisa ancha.
–Veintidós, y veinti… trés, y veinticuatro –indica subiendo otra vez.
–Y veinticinco… ¿y? –le incita feliz de que al menos en esta ocasión, su hermana llegará a más de quince.
–Uno, y dos, y tres, y cuatro… –comienza de nuevo a contar los escalones, pues… otra vez olvidó lo que debía decir…
–Oye… creo que ya llegamos al tercer piso… –analiza Dennis, viendo el amplio pasillo que se le presenta.
–Todavía no cuento todos los escalones.
–Sí, pero ya subimos mucho.
–Pero faltan aún.
–Te digo que ya subimos mucho, ven mejor… –pide, y cogiendo su mano la hace avanzar con él por el sector, que teniendo una estancia al parecer de descanso, se abre triangularmente antes de comenzar los cuartos.
Corriendo de puerta en puerta, abren todas las habitaciones que encuentran, mas todas resultan ser dormitorios elegantes, con camas de dos plazas y un ventanal gigante con bellas cortinas de vor, una tela suave y muy fina. Algunos se ven más habitados que otros, pero todos igual de hermosos. No obstante, en uno de los cuartos se encuentran una sorpresa y es que al entrar, otra puerta dentro del mismo también se abre, dejando ver a un ser de fornido cuerpo y tez mulata que les provoca un pequeño susto.
Del mismo modo el hombre también se sorprende, pues al salir de la ducha e ingresar a su cuarto, jamás espero encontrarse con visitas inesperadas. Vladimir, sujetando la toalla en su cintura, no evita un respingo e invocar a Nawar por el asombro.
–¿Quiénes son?, ¿qué hacen aquí? –indaga, fijando sus ojos grises en la pareja; una pequeña con su cabello rubio cogido en dos coletas, vistiendo una jardinera con flores, y a su lado usando un buzo rojo “otra pequeña” de facciones igual de finas y rostro redondeado, labios color rosa, una nariz que no llama la atención y su cabello igual de rubio le llega casi al hombro y apenas posee chasquilla que cubra su frente.
–¡Es Sol! ¡Estela, él es el Guardián del Sol!
–¿En serio? ¡Fantástico! –celebra ella dando un saltito de júbilo.
–¿Me da su autógrafo? –pide el chiquillo sin miramientos, sacando del bolsillo una libreta y un lápiz de tinta.
–Pero... pero..., ¿quiénes son?, ¿qué hacen aquí? –repite el adulto, antes de pedir que se retiren; sabía que ese día llegaría el aprendiz de London, pero no que hubiera dos “niñas” también de visita.
–¿Y el autógrafo? –insiste, sin prestar mayor atención a la petición del hombre, que notando esto, da unos pasos hacia atrás avergonzado y divertido, pero al oír que Estela exclama sorprendida lo duro que se ven sus pechos, ingresa al baño de regreso, comprendiendo que “las pequeñas” no se irían.
–¡Hey!, este no es tan simpático como los otros dos... –se queja Dennis con la libreta en sus manos y la nariz arrugada.
–¿A ti también se te pondrán así los pechos, o los tendrás como papá? –indaga Estela aún sorprendida, y es que como Guardia Real, Vladimir ha sido entrenado desde tan pequeño como todos los demás y su cuerpo lo refleja.
–No lo sé… ¿Eso importa? –cuestiona él, confundido por una pregunta, a su juicio, tan extraña.
Sentándose uno al borde de la cama y el otro en la silla que se encuentra junto al ropero, esperan un momento a que el hombre vuelva. Pero, aburrida, Estela comienza a registrar el cajón del escritorio. Y en tanto hace eso, y Dennis busca algún arma de batalla bajo la cama, Vladimir aparece por la puerta nuevamente, ahora, vestido.
–Bien, ahora sí podemos hablar –afirma esbozando sus carnosos labios con una mirada enérgica.
–Den, volvió don Sol –avisa Estela a su hermano, quien poniéndose de pie coge nuevamente su lápiz y papel para estirarlos al hombre con el ceño fruncido, un claro reclamo de que debió hacerlo desde un principio.
–¿A nombre de quién? –pregunta él con amabilidad y un dejo de diversión, mientras comienza a estampar el autógrafo.
–Dennis Grant.
–Ya... ¿Hago uno para tu hermana también? –pregunta, mas esta niega y afirma que cuando su hermano muera, ella heredará todo lo de él.
–Tampoco moriré tan pronto, ¿eh? –sonríe este al voto de confianza de la chica, que ríe con ganas cubriendo su boquita.
Sin pasar por alto la definición sexual sobre Dennis que ha hecho la niña, el hombre entrega la libreta a su dueño al tiempo que pregunta sobre las razones para estar en el lugar, pero al obtener como respuesta lo que buscan y no lo que él desea saber, insiste:
–Lo que pregunto es: ¿Cómo entraron al palacio?
–Por la puerta –dice Dennis arqueando una ceja. ¡Qué pregunta tan tonta!, ¿no? Mas al ver en la mirada del hombre que quiere más argumentos, añade–: Hemos venido a entrenar.
–Mi hermano será un Guardián –agrega orgullosa ella, cogiendo ansiosamente la falda de su vestido, consiguiendo que el hombre ahora comience a teorizar cómo fue que llegaron.
–Sí… ¡don London va a enseñarme a rebanar demonios con una espada de verdad! –exclama el chiquillo, emocionado, y en sus verdes ojos destella la adrenalina que sus crespas pestañas realzan en su mirar.
–Vaya, entonces tú eres el niño del que habló... –Vladimir sonríe disimulando el estupor, y es que a simple vista juraba que estaba frente a dos “hermanitas”–. Pues, estoy seguro de que serás un excelente Guardián –agrega, antes de indicarles que deben salir del cuarto porque va a cerrarlo.
–No se preocupe, no nos interesa visitar un cuarto sin nada entretenido –le “tranquiliza” Dennis, abriendo la puerta de salida para dejar pasar a su hermanita pequeña, comentando que deben ir a la siguiente habitación–. Seguro la sala con instrumentos ha de estar cerca.
–¿Y si seguimos subiendo?
–Pensé que querías ver el cuarto de melodía...
–Pero me aburrí de buscarlo... –se queja ella, haciendo un puchero.
–Oigan, niños... ¿London sabe que están aquí?
–Él conversa con mamá en el jardín –responde Dennis antes de mirar a su hermana–. ¿Vamos a la punta entonces?
Ambos chicos, tomados de la mano, se miran entre sí antes de observar al adulto y, despedirse de él con una alegre sonrisa. Entonces, Dennis guía a su hermanita por el pasillo que resulta largo y con algunas esquinas, de pronto encontraron otra escalera, que aunque es de piedra como todas las demás, se encuentra alfombrada con un material blando de extraño color naranja oscuro.
Los pequeños suben corriendo dos pisos más, sin saber que ya habían llegado al cuarto piso al entrar a la habitación de Vladimir. Entonces se encuentran con que el siguiente nivel no da con pasillo alguno, simplemente la alfombra se acaba, y los escalones siguen y siguen ascendiendo… Al fin, se ven en una de las torres vigías del palacio. Al subir por su larga escalera caracol, cada tantos escalones observan por delgadas ventanas el hermoso paisaje de Ciudad Capital y el blanco río Galathia que limita con la mitad de ella. Sin embargo, antes de que puedan llegar a la punta de la torre, unos pasos apresurados se oyen a sus espaldas; ambos pueden identificar el sonar de los tacones de Michelle, no obstante lo que ven primero es el rudo rostro de London.
–¿Qué creen que hacen, al irse sin avisar? –regaña con suavidad el hombre, y es que no sabe qué tanto derecho posee para ello, teniendo a la madre de los niños cerca.
–Dijeron que no nos perdiéramos en los jardines –sonríe Dennis con suficiencia, antes de dar pasos hacia atrás al ver llegar a su madre.
–¡Eso no te da derecho a perderte dentro del palacio! ¿Cuántas veces te he dicho que no te vayas sin avisar? ¡No vuelvas a hacer algo así! –exclama furiosa Michelle, zamarreando al chico por el brazo, pues bien sabe que Estela no se hubiera ido si él no la invita o acompaña.
–Solo queríamos ver el palacio –dice con voz afligida sintiendo el fuerte agarre de la mujer.
–Vas a ver solo lo que yo te diga que veas, ¿me oíste? ¡No te vuelves a apartar sin permiso, baja de inmediato! –ordena ella, con tal rictus en su fino rostro que provoca miedo–. ¡Y tú también! –añade, mirando a su hija, que tiesa como palo da saltitos siguiendo a su hermano de inmediato.
–¿Mamá, no podemos entonces ir a la torre? –pregunta deteniéndose unos escalones más abajo.
–Sigue bajando –reitera, implacable, consiguiendo con su voz demostrar la ira que siente, al punto de que los chicos descienden corriendo hasta el pasillo más cercano–. No sabe cuánto lo lamento, señor, le hemos hecho perder tiempo.
–Descuide... solo son niños... Eso sí, me sorprende que tengan tanta personalidad para adentrarse en un sitio como este –reconoce el guardián con una amable sonrisa.
Y con un gesto le propone a la mujer que sigan el sendero de los infantes para descender a los primeros pisos. En el camino continúan la conversación que interrumpieron al notar la ausencia de los niños, conversación que recuerda el pasado de la mujer como actriz de teatro, época en que fue conocida en la mayor parte de Laureloth.
Una vez que, usando el ascensor ubicado en la parte central de la gran edificación, están de vuelta en el primer piso, se dirigen al gimnasio, y debido a la presencia de la pequeña Estela, London decide hacer un entrenamiento más calmo y trabajar la concentración y resistencia al frío. Primeramente le hace calentar y practicar (entrenamiento al que Estela se ha sumado) y, luego de que el chico ya está sudando de tanto estirar sus músculos y hacer flexiones, caminan por el bosque tras el palacio para ir hasta el sector más cercano del río Galathia.
Indicando que meditarán, le pide que se transforme e ingrese con él a las aguas; para hacerlo el pequeño acaricia la perla que cuelga en su cuello, al tiempo que dice “Noche” y adquiere las vestimentas del Elemental Kern y las armas que brinda a sus descendientes: luminarias de metal con filo en sus ocho puntas, guardadas en un morral que se afirma en su cinto. La perla se luce incrustada en la correa que atraviesa su torso desnudo, sosteniendo la vaina en que se esconde una espada (tamaño normal, menos de un metro). Desde el codo a la muñeca le cubre un par de guantes azules, escondiéndose uno tras el escudo forjado con el metal más fuerte conocido en el planeta.
Dennis no tarda en entrar al agua, mojando los blandos zapatos y pantalones negros de su traje, pues aunque el agua le llega hasta las rodillas, su mentor le pide sentarse en posición de loto y guardar silencio. En su rostro y cuerpo puede sentir las marcas de los tatuajes de Kern y ve en las aguas, con orgullo, la luminaria blanca y el sol frío que se encuentra ahora en su rostro. Mismas imágenes que se repiten en su torso en distintos tamaños y ubicación.
Con sorpresa, London descubre que su aprendiz sabe mantenerse quieto y también obedecer una orden, sin embargo, no le sorprende que la concentración de este tan solo dure cinco minutos o menos…
–¿Cuánto dura la meditación?
–Por ahora, quince minutos –explica, divertido.
–¿Falta poco? Porque no siento las piernas.
–Seguro, ahora cierra los ojos, guarda silencio y relájate –indica, dando el ejemplo con su actuar.
–¿En qué debía pensar?
–En nada, deja la mente en blanco, en su defecto, imagina una pared blanca –repite London, intuyendo que su meditación no llegará ni a la esquina.
–Entendido –dice con decisión guardando silencio otra vez, sin embargo... al cabo de dos minutos el sonido del agua acusa al joven de haberse movido un poco–. Don London... creo que lo del hielo es cierto... –comenta con seriedad, sin abrir los ojos.
–Sh…, luego hablamos.
–No, en serio… creo que se me han congelado las piernas. Están tan frías que no las siento. ¿Puede darme bronquilonía por esto?
–No, te acostumbrarás –sentencia, comprendiendo que su concentración está a prueba, ahora.
–¿Tonsilitis?
–No.
–¿Una mega broncofaritonsimugdalitis?
–No te vas a enfermar de nada –abriendo los ojos London ve al niño.
–¿Siempre hay que hacer esto?
–Forma parte de tu entrenamiento, Dennis –dice volviendo a su meditación, convencido de que para este caso, la personalidad anímica de su alumno es un desastre.
El silencio vuelve a llenar el ambiente y, mientras London consigue entrar en su trance, el chico ya ha entreabierto los ojos y observa el hermoso río frente a él. El agua blanca está tan pura como la de su pueblo y a su lado su mentor se ve tan grandioso y poderoso como siempre lo había imaginado. “Estoy con un Guardia Real”, piensa emocionado antes de volver a sentir un escalofrío por la ventisca que llena el sector. Decidido a no interrumpir al hombre, comienza a mover su cabeza para masajear su cuello y, dando un suave suspiro, provoca una pequeña onda en el agua… Para su sorpresa, aquella onda atrae un diminuto pez bicolor –amarillo y verde– que da unas vueltas y desaparece. Esperando verlo otra vez, da un pequeño soplido en el mismo sector, consiguiendo ver de nuevo ese pececillo. Entusiasmado comienza a repetir aquel acto una y otra vez, notando que luego de un momento aparecen dos y luego tres más, iguales al primero, y casi como un espectáculo bailan en las diferentes ondas que ha ido provocando. Poco a poco va olvidando lo que debe hacer y su entrenamiento, y luego de unos minutos consigue sacar a su mentor de aquella tranquila meditación que hace, cuando estando en lo mejor del juego da un soplido tan fuerte que crea grandes ondas en el agua y llegan un sinfín de pececillos que, sin cuidado, pasan rozando incluso al hombre a su lado, aunque claro, con el solo soplar del chico él ya ha abierto los ojos para encontrarse con tal espectáculo frente a él.
–Si quieres pescar, necesitarás una caña –dice en una sutil broma y con una sonrisa de medio lado, sobresaltando a su aprendiz.
–Es que… vinieron a jugar –se disculpa alegre, antes de consultar si ya puede ponerse en pie.
Notando que el pequeño ya está más pálido de lo normal y sus labios comienzan a tomar un tono lila, London indica que el tiempo terminó.
–¡Genial! –exclama este con la intención de moverse, no obstante sus pies están tan dormidos que no hacen caso alguno y tercamente los separa con sus manos, pero se va de espaldas cuando intenta ponerse en pie.
Viendo esto, London acude en su auxilio, verificando que no haya dado su cabeza con las piedras al hundirse, pero este, divertido al verse escupir un pez bicolor, tan solo ríe antes de mirar al mentor diciendo que sus piernas se han muerto.
–No debes apurarte tanto. Espera que despierten antes de avan… –detiene sus palabras al ver que el chico, lejos de esperar, se dirige a la orilla, sentado e impulsándose con sus manos hasta llegar al borde del río.
–Siento agujas en mis piernas, ¿es que se están muriendo de verdad?
–No, solo están dormidas... y debes esperar a dejar de sentir esas agujas, como las llamas, antes de moverte... o hacerlo de a poco... –dice esto último de forma pausada, al ver cómo el niño insiste en ponerse de pie y salir del río caminando en zigzag, como si recién aprendiera a andar. Conteniendo un suspiro de resignación, el adulto se incorpora y sigue los pasos del niño.
–Eres muy testarudo, ¿sabes? –dice intentando verse serio, mas una sonrisa deforme delata su verdadero ánimo.
Dejándose caer en el pasto de sutil café, Dennis observa las hojas negras y castañas de los árboles que se mecen sobre sus cabezas. Y London, con calma se apoya en el tronco más cercano, esperando pueda caminar el chico, para así volver al gimnasio y meterlo a las duchas antes de que pesque alguna enfermedad respiratoria, como las que ha mencionado este anteriormente… claro, excepto por la que él mismo inventó.
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