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La biblioteca

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Era la hora del ocaso y los resplandores de bronce se colaban por el amplio ventanal. Lord Ramiro Vanderloph encendió su pipa y se sentó en el mullido sillón al lado de la chimenea, sus ojos grises se pasearon por los estantes que cubrían casi todas las paredes de la vetusta biblioteca.

Recordó la historia de su familia: Según la leyenda se decía que su bisabuelo el aventurero Ramiro Vanderloph, había dado muerte en un duelo al Conde Vradleska, dueño original del castillo y vil tirano de quien además decían los supersticiosos campesinos, era un vampiro. Luego los habitantes de la aldea, agradecidos por haber sido liberados del yugo opresor, le otorgaron a Ramiro el título honorario de Lord y le entregaron el castillo.

Su bisabuelo Lord Ramiro Vanderloph I se casó con una dulce campesina llamada Marietta y se convirtió en un líder muy respetado y amado por el pueblo. Su abuelo, Lord Ramiro Vanderloph II y su padre Lord Ramiro Vanderloph III continuaron el legado de su ancestro… pero él, Lord Ramiro Vanderloph IV se había sentido abrumado por el peso de la tradición y en su juventud partió hacia España donde estudió y llegó a ser un respetado profesor de literatura, después se casó con una bella y culta dama llamada Doña Consuelo y tuvieron dos hijos: Cecilia y Alfonso.

Don Fernando, hermano menor de doña Consuelo, era un hombre vicioso dado al juego y a la bebida, malgastó el patrimonio familiar y además comprometió el buen nombre de Lord Ramiro en un incidente vergonzoso. Ése deshonroso hecho y los problemas económicos le hicieron regresar con su familia al castillo de sus ancestros.  

Doña Consuelo no se sentía a gusto en aquella aldea tan lejana poblada por campesinos supersticiosos. Tampoco Cecilia, quien tenía 20 años y sabía que le sería difícil encontrar un esposo en aquél lugar y menos Alfonso, quien tenía 18 años y no le había gustado para nada dejar su activa vida social en Madrid para refundirse en ése añoso castillo rumano.

La noche cayó, desde las lejanías llegaba el rumor de la tormenta. Lord Ramiro Vanderloph clavó su mirada en un descolorido tapiz que cubría una pared y recordó los lejanos días de su infancia cuando pasaba las sombrías tardes en aquella biblioteca estudiando… un estremecimiento recorrió su espalda… el descolorido tapiz cubría un cuadro ya ennegrecido por el tiempo: Un antiguo retrato del Conde Vradleska.

Lord Ramiro Vanderloph, durante los años de su infancia, siempre se había preguntado porque su bisabuelo no retiró aquél cuadro cuando tomó posesión del castillo. Recordó el terror que le inspiraba la imagen del Conde cuando era niño pues muchas veces cuando estaba estudiando se había sentido observado por los oscuros ojos del retrato pero nunca se lo había comentado a su padre por vergüenza de que lo creyera un cobarde supersticioso como los ignorantes campesinos del pueblo. Le dio una profunda aspiración a su pipa, el tabaco lleno sus pulmones y se recompuso.

- Tontos temores infantiles – murmuró… pero no pudo evitar la remembranza del fatal incidente que lo marcaría de por vida:

Una noche, cuando él tenía un poco más de doce años y se encontraba enfermo recluido en su habitación, le pidió a su madre que le trajera un libro de la biblioteca. Lady Isabella fue a la biblioteca en busca del libro pedido y al poco rato se escuchó un grito desgarrador que alarmó a todos… él dejó su lecho y acudió en auxilio de su madre, la encontró en el pasillo, pálida y descompuesta, sollozando entre los brazos de su padre y jurando que había visto el fantasma del Conde Vradleska de pie al lado de su retrato. En un principio su padre se alarmó pero luego le restó importancia al incidente diciéndole a su esposa que seguramente había sido una impresión errónea causada por las sombras o un engaño de sus nervios… sin embargo, ante la insistencia de Lady Isabella colocó un tapiz para cubrir el cuadro.

Días después Lady Isabella enfermó y los doctores que la examinaron no pudieron encontrar el origen de la debilidad física que la tenía postrada en el lecho. Lord Ramiro Vanderloph recordó con amargura como vio a su madre marchitarse y luego sufrir de delirios en los que gritaba enajenada que amaba al Conde Vradleska. Tuvo que aceptar que su madre había enloquecido sin explicación razonable mientras que los campesinos murmuraban que la señora había sido víctima de la seducción del vampiro.  
Una noche, en lo que pareció un último instante de lucidez, Lady Isabella le pidió a su esposo que quemara el retrato del Conde maldito pero él se negó a hacerlo… a la noche siguiente ella se suicidó arrojándose del torreón.

Lord Ramiro Vanderloph no pudo evitar recordar con rencor que en aquella ocasión le rogó a su padre que accediera a la petición de su madre y quemara el cuadro del Conde pero su padre le respondió que si hacía eso estaría aceptando que su esposa había caído bajo el hechizo de seducción del vampiro y caer en la superstición. Durante años odió a su padre por no haber accedido a la petición de su madre, aunque hubiera sido absurda… pero no podía evitar pensar que si su padre hubiera quemado ése cuadro maldito tal vez su madre no se hubiera suicidado.

Enemistado con su padre y negándose a seguir con la tradición de la familia decidió viajar a España, estudiar y hacer su vida lejos de aquél castillo que le traía tan trágicos recuerdos. Investigó casos de vampirismo pero después de sus largos años de estudio y conversaciones con amigos doctos en el tema terminó de convencerse de que la existencia de los vampiros era sólo un mito originado por un trastorno físico y psicológico que aquejaba a algunas personas y aceptó que su madre simplemente había enloquecido y que tarde o temprano se hubiera quitado la vida por uno u otro motivo.

Lord Ramiro se puso de pie con decisión, se acercó al tapiz y lo descorrió… contempló el retrato del Conde, mas ennegrecido por el paso de los años y levemente carcomido por el moho… aquellos ojos apagados ya no le inspiraban terror, ahora estaba seguro que el Conde no había tenido la culpa de la locura que consumió la vida de su madre.

- Pobre madre mía – murmuró y bajó a cenar con su familia.



Pasaron las semanas. Doña Consuelo había hecho amistad con el cura del pueblo y para entretenerse empezó a dar clases de canto en la iglesia. El joven Alonso pasaba las tardes montando a caballo y cortejando a las cándidas muchachas del pueblo. Y Cecilia se resignó ante la promesa de su padre de escribir una carta a su tía, Doña Esperanza, quien se había casado con un adinerado comerciante inglés y vivía con su esposo e hijos en Inglaterra, para que le buscara un digno pretendiente entre sus conocidos… ilusionada pasaba las tardes en la biblioteca estudiando inglés.

Una tarde gris llegó una carta de Doña Esperanza comunicándole a su cuñado que había encontrado un pretendiente para Cecilia. Se trataba del joven Lord Walter, segundo hijo de Lord Scout. El joven pertenecía a una noble familia inglesa un poco venida a menos económicamente pero era apuesto y culto, además tenía deseos de trabajar para labrarse una fortuna en aquellas lejanas tierras. Lord Walter solicitó el permiso de Lord Ramiro para mantener correspondencia con Cecilia. La noticia alegró a Cecilia, quien ya temía quedarse solterona, y con el consentimiento de su padre empezó a intercambiar cartas con Lord Walter… muy pronto ambos jóvenes iniciaron un romance.



Los meses pasaron. Entre Lord Ramiro y Lord Scout empezaron a discutirse planes de boda. Una tarde llegó una carta de Lord Walter acompañada de un pequeño paquete, Cecilia tomó la carta y el paquete presintiendo de lo que se trataba y fue a la biblioteca… abrió la carta y la leyó confirmando su presentimiento: Lord Walter, con la aprobación de sus respectivos padres, le pedía su mano en matrimonio. Con manos temblorosas abrió el pequeño paquete que acompañaba la misiva: Era un anillo de oro con un pequeño diamante. Su corazón dio un vuelco, el anillo saltó de su mano y rodó hasta perderse de vista debajo del tapiz que cubría el cuadro del Conde Vradleska.

Cecilia descorrió el tapiz, el anillo había desaparecido… se arrodilló buscando en el suelo y descubrió una hendidura al ras del piso y se dio cuenta que la pared de donde colgaba el cuadro era de madera y la humedad había carcomido su base. Tomó el atizador de la chimenea y empezó a agrandar la pequeña hendidura, metió su mano tanteando esperando encontrar el anillo sin resultado… reviso la pared de madera y descubrió que se trataba de una puerta corrediza, pasó el atizador por el borde y logró abrirla. El olor de la humedad la golpeó en la cara pero ella estaba decidida a encontrar el anillo, tomó una vela y se adentró en la oscuridad desconocida de aquél gabinete oculto.

Distinguió un armario repleto de libros viejos, un sillón destartalado y un ataúd… pero lo que la sobrecogió de espanto fue la visión de un hombre alto y enjuto embozado en una capa carcomida por las polillas, con la piel arrugada y amarillenta como un pergamino y largos cabellos canos, que estaba de pie al lado del ataúd… se quedó paralizada, pero no por el terror… había quedado fascinada por la mirada sombría del vampiro.

El Conde Vradleska se acercó a Cecilia y la tomó entre sus brazos antes de que ella cayera desmayada. Las centurias de encierro habían debilitado al vampiro pero él aún conservaba algunos de sus poderes… clavó sus colmillos en el frágil cuello de Cecilia y bebió con avidez saciando su sed de siglos. El poder vivificante de la sangre hizo que su piel arrugada y amarillenta recobrara su tersura y sobrenatural palidez, sus cabellos canos recuperaron el negro azabache y sus ojos se encendieron… pero se detuvo antes de arrebatarle la vida… Cecilia era demasiado hermosa.

El Conde depositó a Cecilia en el sillón al lado de la chimenea y cubrió la huella que sus colmillos habían dejado en el albo cuello de la muchacha con la mantilla. Luego regresó a su oscuro gabinete, recogió el anillo de oro que había rodado hasta el pie de su ataúd, tomó la mano de Cecilia y se lo colocó en el dedo.

- Me has liberado de mi prisión, por eso serás mi bella desposada – dijo y volvió a ocultarse en su gabinete acomodando otra vez la puerta corrediza.

Doña Consuelo y Lord Ramiro se inquietaron por la tardanza de su hija que no bajaba a cenar, fueron a la biblioteca y la encontraron desmayada en el sillón. Doña Consuelo acudió a socorrer a su hija mientras que Lord Ramiro tomó la carta que Cecilia había dejado abierta sobre el escritorio, la leyó y pensó simplemente que su hija se había desvanecido por la emoción al leer que Lord Walter había pedido su mano. Cecilia volvió en si lentamente… sus recuerdos del encuentro con el vampiro eran confusos… su madre la ayudó a subir a su alcoba y la acomodó en el lecho.

- ¿Estás bien, Cecilia? – preguntó preocupada Doña Consuelo.
- Oh, madre… no sé que me sucedió… me sentí desfallecer – respondió Cecilia obnubilada por el poder del vampiro.
- Debió de ser la emoción, Lord Walter ha pedido tu mano – dijo Doña Consuelo.
- Si… el anillo… el anillo – murmuró confusa Cecilia, su madre la tomó de la mano.
- Es hermoso, hija – dijo Doña Consuelo viendo en anillo de oro en el dedo de su hija – te traeré una infusión de valeriana.

Doña Consuelo salió de la alcoba, afuera la esperaba Lord Ramiro.

- ¿Cecilia se encuentra bien? – preguntó Lord Ramiro.
- Si, le llevaré una infusión de valeriana – respondió doña Consuelo.
- Bien… sin duda Cecilia ha de estar muy enamorada de Lord Walter para que su petición de matrimonio le haya causado semejante conmoción – dijo Lord Ramiro – pero debemos de cuidar la salud de nuestra hija, una joven enfermiza y débil no será una buena esposa… Lord Scout me dijo que esperaba tener nietos pronto.

Doña Consuelo regresó con la infusión de valeriana y dejó a su hija descansar. Durante la cena Lord Ramiro volvió a reconvenir a su esposa de cuidar la salud de Cecilia y luego fue a la biblioteca para escribirle una carta a Lord Scout para fijar la fecha de la boda. Después encendió su pipa y se dispuso a esperar que Alonso regresara de sus francachelas.

Y así llegó la medianoche, el Conde Vradleska espiaba a Lord Ramiro por una rendija, sólo deseaba volver a tener entre sus brazos a la bella Cecilia y decidió eliminar el obstáculo que representaba Lord Ramiro valiéndose de sus poderes oscuros para sumirlo en un sueño profundo. Luego salió de su gabinete y cautelosamente se dirigió a la alcoba de Cecilia… la contempló mientras ella dormía, sus largos cabellos castaños caían en adorable desorden sobre la almohada y se inclinó para darle un beso, apenas rozó sus labios cuando ella abrió los ojos… pero Cecilia no se sobresaltó, estaba bajo el hechizo seductor del vampiro.

- ¿Quién eres? – preguntó Cecilia.
- Soy un hijo de la noche, un maldito de Dios – respondió el Conde quien a pesar de vestir harapos lucía gallardo – soy el Conde Vradleska, siglos atrás fui el amo y señor de éste castillo y éstas tierras hasta que tu bisabuelo, un ambicioso aventurero, se cruzó en mi camino y me retó a un duelo por una supuesta afrenta contra el honor de una campesina… accedí para limpiar mi honor pero él traidoramente me tendió una trampa ayudado por los gitanos y me confinaron en aquél gabinete con un hechizo que sólo se rompería por la mano de una bella doncella de corazón puro descendiente de aquel que me condenó… Cecilia, tú me liberaste de mi prisión y por eso yo te he de recompensar ofreciéndote la inmortalidad y mi eterno amor.

Cecilia, completamente subyugada por la magia oscura del vampiro asintió y le ofreció sus labios… el Conde depositó un beso sobre ellos y la sumergió en un profundo sueño lleno de amorosas promesas. Después escapó por la ventana para saciar su sed con la sangre de los campesinos.



A la mañana siguiente Cecilia despertó, aún débil por la pérdida de sangre, pero recordando perfectamente lo que había sucedido en la biblioteca durante la tarde cuando gracias a un fortuito accidente había descubierto el gabinete oculto detrás del cuadro y la visita nocturna que le había hecho el Conde en su habitación… y en lo profundo de su alma sintió que lo amaba inexplicablemente.

Durante el desayuno Alonso comentó que su criado había desaparecido y más tarde uno de los peones le informó que habían encontrado su cadáver en el río… no se le prestó mas atención al hecho dado el carácter díscolo del muchacho, todos estaban de acuerdo que el muchacho había caído al río ebrio y lamentablemente se había ahogado.

Mientras tanto el conde Vradlesksa se encontraba reposando en su ataúd y empezó a rememorar su pasado: Siglos atrás él había partido para participar en las Cruzadas en representación de su noble familia, luchó incansablemente contra los infieles hasta que fue herido mortalmente en una batalla, pensó que su fin había llegado pero fue auxiliado por un monje que lo llevó a un refugio de los Templarios, el monje lo curó lo mejor que pudo pero sus heridas eran muy graves y se encontraba moribundo… entonces un monje encapuchado entró a la celda donde se encontraba y le dio el oscuro obsequio de la inmortalidad. Luego regresó a sus tierras y tuvo que recuperar lo que le pertenecía con mano dura, los campesinos lo llamaron tirano y cruel pero él sólo había actuado como cualquier otro noble de su época que al regresar de la batalla encuentra a sus siervos sublevados y negándose a pagar el tributo. También cargaba con la maldición de la sed de sangre… ¿qué podía hacer?, sólo obedecer a su naturaleza oscura para sobrevivir… pero no supo ser prudente y los aldeanos descubrieron su condición de vampiro.

Después apareció ése aventurero, Ramiro Vanderloph, quien lo acusó de haber violado a una campesina llamada Marietta… él no podía negar que era un asesino, un hijo de la noche que se veía obligado a matar para alimentarse, pero la acusación de violación era una calumnia… aceptó el duelo y le tendieron una trampa, no pudieron matarlo y lo recluyeron en aquél gabinete, emparedándolo en vida, condenándolo a marchitarse hasta consumirse… durante siglos permaneció esperando su oportunidad para liberarse, intentó seducir a Lady Isabella valiéndose de sus menguados poderes de vampiro manifestándose en sus sueños pero ella no era una descendiente de Ramiro Vanderloph. Y tuvo que volver a replegarse en las sombras hasta que la esperanza apareció con el nombre de Cecilia.

Muchas veces la había espiado por una rendija mientras ella pasaba las tardes leyendo en la biblioteca… la había visto llorar en silencio, desconsolada como una rosa cortada del rosal condenada a marchitar su belleza y juventud entre los oscuros muros del aquél castillo… y la había visto recuperar la ilusión cuando pasaba las tardes leyendo en voz alta las cartas que le escribía Lord Walter… pero él se encontraba muy débil para intentar seducirla… sin embargo, cuando supo que Lord Walter había pedido su mano en matrimonio y vio que su última oportunidad de romper el hechizo que lo confinaba en su prisión se desvanecía, reunió lo que le quedaba de sus poderes oscuros para hacer que aquél anillo escapara de la mano de la muchacha y rodara hasta su gabinete. Lo había logrado… pero ahora que era libre debería de ser más prudente, cazar con discreción y tener la precaución de borrar sus huellas… y cuando recuperara sus poderes huiría con Cecilia.

En la tarde Cecilia fue a la biblioteca, descorrió la puerta y se encontró con el Conde quien se encontraba sentado en su destartalado sillón leyendo un viejo libro a la luz vacilante de una vela.

- ¡Oh, Cecilia! – exclamó el Conde poniéndose de pie – es una imprudencia que me busques a estas horas, tu padre puede sorprendernos.
- Oh, sólo deseaba comprobar que lo sucedió no fue sólo un sueño – respondió ella.
- Dulce amada mía, todo esto es un sueño, un sueño de amor del que nunca despertarás – dijo el Conde abrazando a Cecilia – pero debemos de ser prudentes, no he recuperado todos mis poderes y debo permanecer oculto... será mejor que te vayas, yo iré a visitarte a tu alcoba a la medianoche cuando todos estén dormidos.
- Mi padre se encuentra ocupado, estoy segura que no entrará a la biblioteca – dijo Cecilia – tenemos tanto de que hablar.
- Tendremos la eternidad para eso, amada mía – respondió el Conde sin soltarla del abrazo – pero podemos permitirnos un momento más juntos siempre que seamos cautelosos.

Se besaron apasionadamente. Si en un principio el Conde sólo se había sentido atraído por la belleza de Cecilia ésta vez sintió que su corazón seco para los sentimientos volvía a la vida inundándose de tibieza… algo que no había sentido desde que recibió el don maldito de la oscuridad: Sintió nacer el amor en su corazón.

Igualmente Cecilia…  había olvidado por completo su amor por Lord Walter que después de todo sólo había sido un amor cultivado casi a la fuerza por ella misma… no podía negar que durante el tiempo que había intercambiado cartas con Lord Walter se había ilusionado mucho con él pero había sido sólo eso, una ilusión… y un aferrarse al único pretendiente que habían podido encontrarle sus padres. Cecilia había sido siempre un alma sensible, una romántica enamorada del amor… desde su adolescencia su sueño había sido conocer a un hombre de quien se enamorara apasionadamente y ése sueño se había roto cuando las desgracias hicieron que su familia terminara confinada en aquél lejano pueblo. Lord Walter había sido su única esperanza de no quedarse soltera… pero ahora que había conocido al Conde sólo deseaba unirse a él para toda la eternidad. Y así fue como ambos sintieron que estaban predestinados a conocerse y a amarse… dolorosamente se separaron pero con la promesa de volver a encontrarse a la medianoche.

Cecilia salió de la biblioteca y fue al salón para reunirse con su madre quien le dijo con una sonrisa que deberían de empezar con los preparativos para su ajuar de novia. Cecilia se sintió desazogada, no quería ser ingrata con Lord Walter pero no deseaba renunciar al amor del Conde.



Las semanas pasaron. En el pueblo se comentaba de misteriosas muertes accidentales pero ni siquiera los supersticiosos campesinos mencionaron la maldición del vampiro ya que los cuerpos eran hallados ahogados en el río o despeñados en los precipicios… se empezó a murmurar de un nuevo terror: Ninfas del río y duendes de los abismos. Mientras tanto el Conde recuperaba sus poderes. Cecilia lo visitaba algunas tardes manteniendo la discreción y también lo recibía a la medianoche en su alcoba.

Sin embargo los preparativos para la boda seguían su curso, Cecilia no había encontrado la manera de romper con su prometido sin levantar las sospechas. Y llegó el día señalado… se esperaba la llegada de Lord Walter para el día siguiente y la boda estaba fijada para dentro de una semana. Ésa noche el Conde usó sus poderes para sumir en un sueño profundo a todos los habitantes del castillo y se dirigió a la alcoba de Cecilia… ella ya lo esperaba como habían acordado, se había puesto su capa de viaje y tenía hecha una maleta en la que llevaba lo necesario… y amparados en las sombras, con la luna como testigo de su amor, huyeron del castillo. Antes del alba ya se encontraban a salvo ocultos entre las ruinas de un monasterio y a la espera de que cayera la tarde para seguir su camino, bajo el disfraz de dos humildes aldeanos y con el plan de hacerse a la mar en busca de otras tierras y la felicidad.

Lord Ramiro, Doña Consuelo, Alonso y los criados del castillo salieron de su sopor pasado el mediodía. Buscaron a Cecilia por todo el castillo… Alonso tomó su caballo para buscar a su hermana desesperadamente por el río y los barrancos temiendo lo peor. Doña Consuelo no dejaba de llorar en brazos del cura del pueblo. Lord Ramiro fue a la biblioteca… entonces encontró dos cartas escritas por Cecilia, una dirigida a su familia y la otra a Lord Walter… tomó la que le correspondía y la leyó… en ella Cecilia le resumía los sucesos de los últimos meses, como fue que fortuitamente halló el gabinete oculto detrás del cuadro y al Conde Vradleska, le confesaba su amoríos y le suplicaba que no los buscaran.

Lord Ramiro se dirigió hacia el cuadro maldito, descorrió la puerta corrediza y descubrió el gabinete oculto… un grito de rabia e impotencia estalló en su garganta: ¡El mito del maldito vampiro era real!

Su primer impulso fue destruir el ataúd pero en ése preciso instante llegó Lord Walter. De inmediato fue informado por Alonso de la desaparición de Cecilia, él quedó desconcertado. Lord Walter entró al castillo y entró a la biblioteca en donde se encontró con Lord Ramiro… le entregaron la carta que Cecilia había dejado para él, Lord Walter la leyó… no, él no podía creer lo que Cecilia contaba sobre el Conde Vradleska ni conformarse con sus disculpas.

- Esto es imposible, los vampiros no existen – dijo Lord Walter destrozando la carta.
- He aquí la guarida del vampiro – dijo Lord Ramiro mostrándole el gabinete oculto.
- Eso no prueba la existencia del vampiro – respondió Lord Walter incrédulo – sin duda un hombre infame, aprovechándose de la leyenda del vampiro y de la inocencia de Cecilia, se ha hecho pasar por el Conde y la ha seducido.
- ¡Es posible! – exclamó Lord Ramiro aferrándose a una explicación razonable.
- Debemos de ir tras ellos – dijo Lord Walter.

Pero la búsqueda fue infructuosa. El Conde Vradleska y Cecilia ya se encontraban lejos. Lord Ramiro Vanderloph IV hizo lo que debió de haber hecho su padre años atrás: Quemó el cuadro maldito del Conde… pero el fuego se salió de control, se extendió por la biblioteca y a duras penas evitaron que consumiera el castillo.


Lilina Celeste, 13 de mayo del 2011.
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