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Capitulo II

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Verdad y promesa

Las siguientes semanas pasaron rápidamente, los primeros días, Freyi y yo intentamos escondernos, pero dejamos de hacerlo cuando Treyi nos dijo que no tenía sentido alguno, que lo sabían de antes de empezar.
El aprendizaje en la forja siguió como de costumbre, avanzando a buena velocidad. Aprendimos a manejar metales difíciles, aleaciones mágicas obtenidas de rituales alquímicos con acero y materiales especiales. ¿Lo difícil de trabajar con ello? Su poder, la facilidad de que se desvelara algún encantamiento mágico que acabará teniendo aquello que forjaras era muy alto, así como el de explosión. Además, teníamos que identificar el encantamiento que poseía antes de empezar a trabajar, pues podíamos encontrarnos con una hoz ardiente o un anillo debilitante si no elegíamos el material correcto.
La lucha prosiguió también, pero de forma más relajada. Entrenábamos juntos, pero también por separado, pues ambos queríamos ganar al otro. Cuando se trataba de luchar éramos sumamente competitivos, acabando siempre aquella noche en una pasión impresionante.
La vida en la casa siguió su curso habitual, con un cambio, Freyi y yo compartíamos habitación y, por supuesto, cama. Yo no me lo creía, pero Freyi no pareció sorprenderse, poco podía hacerlo.

Un día, Freyi estaba extraña, parecía preocupada y torpe en la forja y le dijo a su padre que no se encontraba en condiciones de luchar, este le dio permiso para mantenerse al margen, así que luche contra Term, que lucho con un mandoble de madera.
-Esto te vendrá bien, Caturis-me dijo-. Freyi y tú solo estáis acostumbrados a luchar el uno contra el otro, si os encontrarais con un enemigo que use un estilo distinto os costará adaptaros a él.
Tenía razón, me desarmo tres veces en poco tiempo, los golpes de Freyi eran rápidos, pero no muy fuertes, los de su padre, en cambio, eran más lentos, pero muy fuertes. Ni mi ritmo ni fuerza, medidos para enfrentarme a un estilo de golpes rápidos defendiéndome con el escudo, eran los correctos para enfrentarme a él.
Al final, tras ser desarmado otras tres veces, empecé a ser capaz de llevar un ritmo más fuerte pero poner más fuerza para resistir los ataques. Cuando me di cuenta de ello empecé con mis contrataques. Term tenía más alcance que Freyi, no solo debía bloquear, también debía medir bien cuando y donde para que mi rival no quedara fuera de mi alcance. Finalmente logre desarmarle y apoyarle mi espada de madera en el cuello. Sonrió.
-Estupendo, pero debes ser capaz de adaptarte más rápidamente al estilo de tu oponente si luchas contra él por primera vez. A partir de mañana, ambos peleareis primero entre vosotros y luego contra mí, ¿de acuerdo?
-Entendido-dije. Nadie más contesto.
-¿Freyi? ¿Estas escuchando?-dijo él girándose.
Freyi no estaba ahí.
Soltando la espada y el escudo y quitándome las piezas de mi armadura de madera por el camino, fui a nuestro dormitorio, donde la encontré, mirando por la ventana.
-Hola-dijo.
-Hola-le conteste.
Nos quedamos en silencio, la conocía lo suficiente para saber que pasaba algo. Si quería contármelo, lo haría por sí sola, sin que yo preguntará.
El silencio se me hacía eterno e incómodo, estaba sudado y necesitaba un baño, pero no me moví, eso fue todo lo que ella necesito para darse cuenta que le estaba lanzando una pregunta silenciosa, preguntándole que pasaba.
-Es difícil decirlo-comenzó-, pero tienes que saberlo, te afecta también a ti.
-Adelante, saca la espada.
-Tal vez deberías haber sacado menos la tuya por las noches-dijo en tono sarcástico con una sonrisa en la cara.
No necesite más, sabía lo que pasaba. Los nervios en la forja, como si estuviera pensando en otra cosa, esa indisposición para luchar, el desaparecer sin decir nada y quedarse pensativa mirando la ventana. Era obvio que podía pasar, sus padres nos lo habían dicho, que si seguíamos haciéndolo cada noche nos iba a pasar. Freyi estaba embarazada. Íbamos a tener un bebe.
-Es… genial-dije. Éramos jóvenes, aprendices de herreros, vivíamos con sus padres, pero la idea de ser el padre del hijo de Freyi era más que suficiente para que no me importaran los problemas que tuviéramos que afrontar.
-Sabía que dirías eso. Esto es fantástico, pero me da miedo pensar en lo que pueda pasar. Me basta con saber que tú estarás ahí, igual que mis padres.
-¿Lo saben?
-Solo mi madre.
Nos quedamos mirándonos, sonriendo. Me acerque a ella, ella a mí. Nos besamos. Le toque el vientre.
-¿Cómo le llamaremos?
-¿No es un poco pronto?
-Puede ser.
-¡Por Teri! Esto es increíble.
-La Gran Diosa nos ha bendecido.
-Igual que bendijo a Trupotis cuando lo eligió para derrotar a Mordim.
Volvimos a quedarnos en silencio, mirándonos a los ojos.

Al día siguiente pedí el día libre en la forja, el maestro Term, ya conocedor de todo, debió imaginarse que iba a hacer, así que me lo dio y dijo:
-Elige bien y sabiamente.

Anduve por las calles de Eximim, al ser la capital de Exolico, uno podía encontrar de todo en un momento. Yo llevaba encima todos mis ahorros, obtenidos del duro trabajo de la forja, pues sabía que no los necesitaba para nada más, nunca lo había hecho, para los padres de Freyi era como un hijo, nunca me di cuenta de porque hasta que empezamos nuestra relación.

Finalmente llegue a mi destino, la mejor joyería del barrio plebeyo. Era cara para un plebeyo, pero cualquier noble podría comprarla entera con una pequeña parte de su fortuna. El propietario tenía fama de ser un joyero de primera categoría, los nobles intentaron obligarle a vender en el interior del Corazón Urbis, el centro de la ciudad, donde residían los nobles. Todos en las Tierras Humanas respetaban su trabajo, desde la lejana Mordem hasta el reino de Exolico, el único reino humano, pese a que muchas de las ciudades-estado estaban regidas por un rey, pero eran eso, ciudades-estado.
-La división nos pone en aprietos-decía un cliente-. Las tensiones entre Exolico y las demás ciudades de las Tierras están llegando a un punto terrible, si sus aliados del Gran Bosque Elgame o de Atlet les apoyan, podían intentar atacar Exolico.
-Te preocupas demasiado-decía otro-.Aunque los acusosos podrían ser un peligro real si apoyaran a las ciudades, los elfos están bloqueados. El Gran Bosque está en guerra con Sshishursh desde hace años, todo el mundo lo sabe. Además, nuestros amigos del norte estarían obligados a ayudarnos, y los dragones nunca han sido de los que olvidan una promesa.
-Puede ser, pero Draconing tiene que hacer frente a una supuesta invasión de los gigantes, puede que no nos puedan ayudar.
-Si los gigantes atacan Draconing, también atacarán las Tierras. En ese caso, todos los humanos deberíamos aliarnos contra este enemigo común.
-¡Ja! Ni los hombres lobo que son una amenaza desde hace generaciones han logrado eso, dudo que lo consigan los gigantes.
-A los lobitos es fácil matarlos, los gigantes son mucho más duros.
-Si eso es lo que piensas, te equivocas, no olvides que son los hijos del Dios Oscuro, no son enemigos corrientes.
-¿Sí? ¡Pues que Mordim ayude a sus hijos si se atreve! Nuestra señora Teri le venció una vez con la ayuda del profeta Trupotis, lo volverá hacer si osa levantarse de nuevo.
-La última vez Teri necesito la ayuda de un mortal, ¿quién sería el elegido en estos tiempos?
-¿El Sagrado?
-¿Ese viejo decrepito? Necesita la ayuda de los 13 Sumos Sacerdotes, igual de viejos que él, para levantar siquiera la espada, y vete a saber si no también la de algún sacerdote más joven.
-Dicen que es el elegido de Teri en Setr.
-Entonces debería haber elegido mejor.

Dejando a un lado a los clientes y sus asuntos, me acerque al mostrador.
-¡Ah! Buenos días, Caturis.
-Buenos días, señor Reslet.
Reslet era un viejo amigo de Term, pasaba a menudo por la forja en busca de anillos de calidad hechos con metales preciosos, a los que luego les añadía alguna joya y grabados. Mi primer anillo de plata lo compró él, e insistió en conocer al herrero que lo había forjado.
-¿Qué va a ser? No vienes nunca por mi tienda.
-Porque siempre tienes a clientes debatiendo sobre guerras hipotéticas.
-¿Esos hombres? Son soldados, han vendido a comprar unas joyas para compensar a sus mujeres por su ausencia-mirando a los hombres, bajo la voz y me dijo- y, además, compran una joya extra por cada mujer con la que se han acostado durante su ausencia. Las mujeres no lo saben, se supone, aunque sospecho que conocen a sus maridos mejor que yo, o sea, que lo saben-frunció el ceño.
Sabía lo que le molestaba, esas mujeres nunca podrían librarse de sus maridos salvo que estos murieran. La Ermita controlaba los matrimonios, había libertad para elegir con quien te casabas, pero no para separarte de esa persona. Además, era muy frecuente que alguien fuera forzado a casarse con un noble que se encaprichara de él o ella. En una ocasión, un noble pidió a Freyi que se casará con él. La tensión aquel día en la forja fue enorme, pero ella le dijo que ya estaba comprometida, lo cual era falso, pero el noble, en contra de la norma general, se disculpó y dio la enhorabuena al afortunado, sin saber que estaba delante suyo.

-Busco una cosa en concreto, algo muy, muy concreto.
-Bien, pues, a ver si lo tengo.

Una hora más tarde, salí de la tienda dando gracias de haber ahorrado durante todos estos años y de tener como amigo a Reslet, que me hizo un precio especial.

Llegué a la casa y Freyi estaba en nuestro cuarto, tejiendo. Sonreí, nunca le había interesado, pero su madre había insistido que las primeras ropas de un recién nacido debía tejerlas la madre.

-Buenas, ¿puedes dejar eso un momento?
-¿Bromeas? Me has dado la excusa que llevaba buscando toda la mañana.
Sonreí, ella era así, sincera y directa.
-Bueno, tengo que preguntarte una cosa muy importante.
-Saca la espada.
-En parte tiene que ver con eso, por lo menos el que lo haga ahora.
Ella pareció darse cuenta de por dónde iba, ¿he dicho ya como nos entendíamos?
-Freyi, ¿me concederías a mí, Caturis el huérfano, el honor de ser mi esposa mientras duren nuestras vidas mortales?-saqué dos anillos, de oro, con sendas esmeraldas en ellos. Además estaban grabados con nuestros nombres.
Ella se quedó paralizada, mirándome con la boca abierta. El corazón me latía a mil por hora mientras esperaba una respuesta.
No tuve que esperar, se acercó a mí, me quito el anillo de la mano derecha, como mandaba la tradición, y se lo colocó.
-Por supuesto que sí-me beso.
Sonriendo como nunca, me coloque mi anillo, sellando nuestro compromiso.

Ninguno imaginaba lo que iba a pasar.
Siguiente capitulo de mi proyecto. Pese que he empezado con intención de avanzar hasta el autentico punto de partida de la aventura, al final me ha quedado un capitulo que sigue siendo de preparación para ello.
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© 2015 - 2021 DanielLykos
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